Una especie de violencia

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La violencia, del latín violentia es un comportamiento deliberado que puede provocar daños físicos o psíquicos al prójimo.  En la definición del término no excluimos a miembros de otras especies, y esto ha de ser tomado en cuenta como factor importante en la prevención de dicha conducta.  Hemos hablado en otros lugares acerca del vínculo que existe entre el maltrato hacia animales y el maltrato generalizado en la sociedad. Son muchos los estudios que nos muestras como indicadores de un hogar violento, aquel donde hay maltrato hacia los animales. Sucede algo similar con los niños víctima de bullying o que lo practican en las escuelas: una persona agredida buscará desquitarse con quien esté en una condición de mayor vulnerabilidad, siendo la mayoría niños, mujeres y animales de compañía.

Siempre suceden cosas que me hacen reflexionar acerca de nuestros comportamientos violentos como individuos, y en consecuencia, como sociedad. Todos aparentemente inconexos entre sí, pero con un común denominador: agresión física y/o verbal hacia otro ser sintiente.

Cuando hemos dicho que las corridas de toros o las peleas de gallos son espectáculos violentos, la respuesta de una minoría es decir que no entendemos el significado ulterior de esas costumbres, que los animales en cuestión son bravos por naturaleza, que si no quisieran pelear se echarían. En el caso de los circos no es tan fácil para la mayoría ver la violencia ejercida hacia los animales que son obligados a realizar comportamientos anti naturales; la agresión per se que implica mantener a un animal silvestre fuera de su hábitat y separado de sus congéneres.

Pero pareciera que al hablar de humanos la violencia cobra una importancia desmedida y todo lo demás queda en segundo lugar, aun cuando las consecuencias y sobre todo, la raíz, puedan ser similares.

Me pregunto si podemos aspirar a una sociedad menos violenta si consideramos espectáculos motivo de orgullo, poner a pelear a dos gallos con navajas en las patas hasta que se desangren; tirar de la cola a las reses hasta causarles fracturas, para derribarlas y mostrar las “artes del campo”; beber vino en botas hechas de pellejo animal mientras un sujeto clava repetidamente objetos punzocortantes en el lomo de un hervíboro; llevar a los niños a una carpa con elefantes golpeados, tigres desdentados, osos con las garras mutiladas; considerar un paseo dominical, ir a la cárcel de los animales y gozar de su cautiverio; ufanarnos de haber nadado con delfines, aun sabiendo que son animales que nadan más de 100 kilómetros diarios, y a quienes  mantenemos convenientemente en tanques;  electrocutar más de 10 000 perros en 9 meses y considerar eso un método eficiente de control poblacional; comercializar fauna exótica porque “amamos a los animales” y nos gusta verlos en una jaula en nuestra casa; dar a nuestros hijos una alimentación basada en el dolor y la angustia de millones de animales criados en campos de concentración que superan por mucho los horrores de guerras pasadas; vestirnos con pieles de otros animales y considerar que eso es elegante; causar tumores en ratones porque son baratos y se reproducen rápido, y obtener así un diploma de médico… La lista de actos violentos es larga, pero la salida cómoda es decir que es superfluo preocuparse por animales cuando a los humanos nos va tan mal.

El origen de estos males no es muy diferente y el agente somos nosotros mismos. La diferencia es que unos decidimos atender un tipo de violencia ante otro, pero un activismo verdaderamente efectivo va a la raíz del problema. Justificaciones puede haber muchas: políticas, económicas, de desigualdad, pero la solución comienza por cada uno de nosotros y nuestra decisión de no ser un eslabón más en la cadena de violencia, y esto comienza por nuestros hábitos de consumo.

Todos hemos sido víctimas alguna vez, y quizá victimarios, pero no es un estado permanente del que no se pueda escapar. Los seres humanos también tenemos la capacidad de conectarnos con las virtudes más nobles, con los sentimientos más conmovedores, y dejar de recurrir a nuestra respuesta automática de agresión, abuso, superioridad.

León Tostoi lo dijo hace cientos de años: “Mientras haya mataderos habrá campos de batalla”. Mientras creamos que nuestras vidas son mejores a costa de la de otros, la batalla no terminará. Y confío que siempre haya quienes luchen del lado de la justicia, sin importarles la especie.

sinviolencia

 

 

 

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