Yoga y vegetarianismo

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Las herramientas que el Yoga ofrece al individuo contemporáneo son revolucionarias en muchos sentidos. A pesar de que actualmente se vive al Yoga como una práctica de moda, (lo que tiene el aspecto positivo de extender esta práctica a sectores de la población que quizás no hubieran tenido acceso a la práctica, y el aspecto negativo de convertirse en una práctica desvirtuada de sus propósitos originales), si nos aproximamos al sentido ortodoxo de la práctica, el Yoga ofrece un camino de responsabilidad que beneficia al practicante y al planeta entero.

Actualmente se practica el Hatha Yoga en sus diversos estilos: Iyengar, Ashtanga Vinyasa Korunta, Jivanmukti, Anusara, Agama, entre otros estilos de creación occidental en su mayoría. Ante la profusión de estilos cabe preguntarse ¿tienen estas prácticas un fundamento común?, ¿cómo es que la ejecución de una serie de posturas pueda ser considerado un ejercicio espiritual?, ¿cuál es el objetivo del Yoga? Si nos cernimos al Yoga clásico todas estas preguntas pueden responderse a través de un mismo texto: Los Yogasutras de Patanjali. Considerado uno de los textos canónicos del Yoga, fue el primero en sistematizar los fundamentos de la práctica, de la filosofía y de los alcances del Yoga.

Los diversos estilos del Hatha Yoga podrán variar en cuanto a la forma de abordar la práctica, pero existen ciertos principios a los que no se pueden sustraer. Según los Yogasutras el practicante debe crear las condiciones necesarias para que su práctica de asanas funcione como una disciplina espiritual de facto. Es decir que se debe practicar bajo un contexto específico que parte de la observación de su propia conducta. Esta es la fase preliminar del Yoga que aglutina determinadas normas de comportamiento bajo lo que se conoce como la primer rama del Yoga: los Yamas. Desde este primer punto el Yoga introduce al practicante en una conducta ética gracias al primer precepto de los Yamas llamado Ahimsa, un concepto en negativo que se traduce como la no-violencia o ausencia de violencia. El precepto de ahimsa no transige ningún relativismo, este se practica con las acciones, con la palabra y con el pensamiento.

La relación entre el Yoga y la alimentación tiene su base en este precepto. El cual apunta a dos facetas: lo que consideramos alimento y el impacto que éste tiene en nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro planeta. Sería una falacia creer que somos congruentes con este sistema y pensar que nuestra responsabilidad termine con nosotros mismos. El Yoga justamente ayuda a romper con la ilusión del individualismo y la separación. Por ello debemos sopesar la huella que la producción de aquello que consideramos nuestra comida deja en el mundo.

La meta del Yoga, al igual que varias de las tradiciones espirituales de oriente, radica en la eliminación del sufrimiento. Creando mayor sufrimiento no podemos generar condiciones que ayuden a crear un camino que nos libere de este. Cómo podemos avanzar en la evolución individual y colectiva si al año se sacrifican 58 mil millones de animales (terrestres exclusivamente) para consumo humano. Y esto es exclusivamente el sufrimiento que infligimos a los animales no humanos. Si tenemos una visión más amplia más amplia se verá que el impacto ambiental de este modo de producción acarrea un daño aún mayor.

Una práctica comprometida del Yoga implica el vegetarianismo como uno de los primeros pasos para llevar a cabo este proceso de purificación individual por medio  de la salud y de ayuda al planeta en dos sentidos: en cuanto a la compasión por el sufrimiento de los animales y en cuanto a la sustentabilidad, entendida como una muestra más de la fuerza compasiva que somos capaces de ejercer.

Instructor de Hatha Yoga Stephan Brodziak
sbr981@gmail.com

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