Amarte tal cual eres

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Creo que esta intención es misión imposible para nuestra especie, que siempre quiere transformarlo todo, a todos y a sí misma. Sin embargo, algunas veces podemos tener esa experiencia de aceptación total, sobre todo en nuestras relaciones con los animales queridos.

Acostumbrarme a ella no fue fácil: su personalidad independiente y de apariencia indiferente hacia mi persona, me hacía sentir sola en casa. Podían pasar horas sin que ella se acercara o mostrara curiosidad siquiera por lo que estaba haciendo en la habitación contigua. Yo, acostumbrada a su omnipresencia, me sentía de pronto abandonada, dejada a merced de una compañera que se beneficiaba de mis cuidados pero no era capaz de procurarme un gesto que yo pudiera interpretar como «gracias».
Y claro que me pregunté «¿por qué se tuvo que morir él que era tan cariñoso, tan entregado?»

Decidí entonces darme a la tarea de construir una relación con este ser que había relegado ante la presencia de quien nutría mi mundo emocional y quien ahora ya no estaba. Comencé a observar sus preferencias, sus hábitos, sus discretas insinuaciones, y me sorprendí de ver en ella a alguien que me dejaba ser cómo soy sin imponerse, sin limitarme, sin cuestionarme. Estaba bien si me iba durante largo rato, si viajaba y alguien más la alimentaba o dormía en la casa, si las visitas decidían extender una hora más de lo acostumbrado su estancia.

Ella jamás se subía en mí mientras estaba sentada, pero ocasionalmente me daba diez minutos de su calor corporal mientras yo leía acostada en la cama. No curioseaba durante mis sesiones terapéuticas, ni se atravesaba frente a la cámara en actitud de «Mírame, humano», pero estaba a mi lado en los momentos de más apatía cotidiana: bañarme y comer. Permanecía sobre el tapete colocado fuera de la regadera, animándome a las abluciones matutinas y se echaba cuan larga es en la mesa del comedor mientras yo rumiaba mi ensalada consuetudinaria.

Gustaba del agua del grifo y sabía cuál era el momento preciso para solicitarla. Se aparecía a las clases de yoga para disfrutar del silencio de la meditación inicial y supervisaba la ejecución de mis posturas sin juzgar mi -comparada con la suya- limitada flexibilidad. Nunca se apareció en mis horas de llanto, pero se sentaba con los amigos en la terraza a tomar el sol volteando hacia el horizonte. Siempre salía a recibirme y se tumbaba para que le rascara la panza, obviamente más a manera de petición de alimento que de «te he extrañado», pero aún así sentía bonito verla ahí, rondar por la casa siguiendo su propia agenda sin importarle mis necesidades afectivas.

Con el tiempo fue cayendo una respuesta a mi sospecha y descubrí que había una enorme aceptación de su parte hacia mi persona: no demandaba y no estaba dispuesta a que se le obligara a algo, ella daba lo que quería cuando quería. Su forma de amarme me hacía sentir respetada y libre, tomando de mi lo que necesitaba pero no pidiendo más de lo que había.

¡Cuán difícil es para nosotros hacer lo mismo con una pareja, con nosotros mismos!

Se que la mayoría prefiere a los perros por su presencia retozona y emotividad desbordada, a mi eso en cambio me revela ser insuficiente, incapaz de satisfacer tantas expectativas. Los gatos me hacen sentir en paz, amada en mi espacio sin ser invadida, exigida. Y ella, en esta nueva vida que ambas tenemos sin él, me permite ser yo misma y amarla tal cual es, como sé que quienes me conocen a fondo, lo hacen conmigo.

En el Día del Gato, para todos ellos.

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