La ballena que jugaba a la pelota con el sol

Twitter 0 Facebook 0 Google+ 0 Pin It Share 0

Hacía muchos años que deseaba ver de cerca a las ballenas, tan cerca como la normativa oficial lo permitiera. Jamás pagaría por verlas encerradas en una piscina, saltando a capricho de un domador vestido de neopreno, así que lo más conveniente era buscar una expedición guiada por biólogos que me informaran un poco sobre estos magníficos animales y cuyo objetivo, además de ganar un dinero, fuera educar sobre la importancia de su conservación.
La casualidad hizo que una tarde a la salida de mi clase de TaiChi me reencontrara con mi profesor de Biología de la preparatoria. Yo sabía que él se dedicaba a esto pues en mi etapa universitaria fui con su equipo a un campamento tortuguero a Guerrero y vi el trabajo profesional de quien defiende a una especie e inspira a una comunidad a hacer lo mismo.
Este reencuentro dio pie a una convivencia más frecuente y cuando le comenté que el único propósito que no había cumplido el año anterior había sido ver a las ballenas, me dijo contundente: «Nosotros nos vamos en febrero». Y yo que siempre he sido mujer de palabra, le pregunté todo lo necesario al respecto y pocos días después ya tenía un vuelo hacia Puerto Vallarta.
Me parecía lejana la fecha pero el tiempo que queramos o no, se nos escapa como la vida, llegó y ahí estaba yo en el aeropuerto con un pequeño equipaje de mano y todas mis ganas de hacer este viaje con desconocidos.
Para mi sorpresa, una chica muy agradable a quien conocía de circunstancias poco comunes, también estaba por abordar el avión y dirigirse al mismo lugar que yo, así que no estaría tan sola y no tendría que forzarme a hacer amigos, cosa que no siempre se me da tan fácilmente. Era bueno saber que estaríamos juntas en esta aventura.


El itinerario era claro: saldríamos dos veces al día para los avistamientos, al amanecer y al atardecer, pues el grupo se había conformado por fotógrafos a los que el tema de la luz y los ángulos les preocupaban exageradamente, lo cual me convino, pues los paisajes que se nos procuraron eran realmente de revista.
Alguna vez vi ballenas grises en La Paz, Baja California, pero en esta ocasión era el turno de la ballena jorobada, en Nayarit. Especies distintas tanto físicamente como en su comportamiento en relación con los humanos. De cualquier manera, siempre he creído que los espectáculos de la naturaleza se pueden repetir una y otra vez pues nunca son los mismo, como tampoco lo son los ojos con los que los miramos. Así que, provista de ropas de navegación, salí en búsqueda de cetáceos con la esperanza de ver todo lo que la mar me deparara.


No si si lo que me suceda a mi, como defensora de los animales, sea lo que siente la mayoría de quienes observan a un animal en libertad, pero me invade una especie de incredulidad y agradecimiento por al fin disfrutar de un ser que está disfrutando su vida. Estoy tan acostumbrada a verlos cautivos, maltratados, privados de realizar sus comportamientos naturales, a tener que abogar por ellos, de convencer a otros de que los respeten, los valoren, los consideren seres y no cosas, que cuando veo a uno haciendo lo que espontáneamente haría, me conmuevo hasta las lágrimas y me dan unas ganas enormes de pedirles perdón en nombre de nuestra especie, que tanto los daña a ellos y a su habitat.
Esta vez no fue diferente cuando vi aquella ballena de 16 metros sacar más de medio cuerpo del agua para saltar delante nuestro. Esa magnitud, esa presencia imponente y distante al mismo tiempo, como si los 8 humanos de la barca no existiéramos y ella se comportara como lo ha hecho desde hace millones de años, me hizo pensar que cómo hemos podido avanzar en tantas cosas y sin embargo, estar tan atrasados en otras. ¿Por qué hemos sido tan irreverentes con criaturas que podrían considerarse las abuelas de la humanidad?
Inevitable para mi formularme preguntas al mismo tiempo que conectar con su belleza, con su presencia templada y sabia y reconocerme pequeña en muchos sentidos ante ellas.

En una ocasión tuve la oportunidad de oír el canto de las ballenas, un sonido de otro mundo, una especie de lamento sónico que hablaba de lugares lejanos, de realidades desconocidas ante las que uno debería hacer una reverencia y guardar silencio durante horas. Un lenguaje ajeno a lo que escuchamos todos los días, que comunica que hay algo más complejo y profundo que lo que vemos.

Durante los 5 avistamientos de mi excursión, pude ver delfines saltando en las olas, lobos marinos tomando el sol en grandes islotes, pájaros bobos en cortejo, gaviotas al vuelo, fragatas planeando, pelícanos clavándose en picada para pescar, y todo ese mundo me pareció perfecto sin nosotros, sin nuestra presencia y recordé la vieja discusión filosófica en La crítica del juicio de Immanuel Kant, acerca de si la naturaleza -o las cosas en general- tendrían un valor si no hubiera un espectador que las apreciara. Sentí que los fotógrafos, al menos algunos de ellos, las valoraban por la escena que podían brindarles a sus lentes, por la captura de la imagen que después sería un recuerdo, un momento muerto en el tiempo, inexistente. ¿Si nadie viera a las ballenas, si nadie supiera de ellas, tendrían un valor más allá del ecosistémico? Pareciera que nosotros necesitamos saber mucho de algo para tener un vínculo con eso. No se ama lo que no se conoce, dicen, pero a veces tengo la sensación de que aun sabiendo, no reconocemos la otredad como meritoria de existir. Pienso en los millones de animales que ignoramos porque no los hemos definido como «impresionantes», «salvajes», «increíbles», «veloces», «ágiles», etc. Y en todas las etiquetas que nos gusta colocar antes de acercarnos a alguien diferente.
Algunos animales han sacado ventaja de esto, pero muchos no.

El último atardecer una cría nos regaló el espectáculo de más de 20 minutos de saltos intermitentes, nadando en paralelo a su madre. El sol se ocultaba al fondo y la belleza del evento era tan conmovedora que preferí no tomar fotos sino observar simplemente y entregarme a ese momento: a ese regalo que nos da la naturaleza de mostrarnos en instantes lo indómita que puede ser a pesar de nuestros intentos de someterla a conveniencia.

La pequeña ballena parecía retozar con nosotros, sin saber bien a bien quienes éramos, sin juzgar nuestra responsabilidad ante la destrucción de su espacio vital, sin el rencor de enfrentarse a quienes con sus redes devastan las aguas donde ellas se desplazan enormes distancias. Desee como ella hallarme siempre presente, en gracia, con la sensación de que a pesar de todo, vivir es divertido y como a este cetáceo y todas las criaturas del cielo y de la tierra, la existencia nos brinda diariamente, la posibilidad de jugar con el sol.

Juguemos y dejemos jugar.

Twitter 0 Facebook 0 Google+ 0 Pin It Share 0

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *