Verde color carne

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Podría darte muchos datos para que dimensionaras la gravedad de este asunto, pero los vas a olvidar, puedo también aleccionarte para que seas responsable con tus hábitos de consumo, pero vas a cerrarte porque te sentirás juzgado. Soy capaz de iniciar una argumentación clara e irrefutable pero entonces te enfocarás en ganar la discusión y el verdadero conocimiento no penetrará en ti.

De poco serviría describirte cómo los animales huyen atemorizados para salvar su vida, cómo otros no lo logran y caen calcinados, porque entonces cerrarás los ojos para no verlos y sus muertes serían en vano.

Te invitaría a oler ese humo que ha dejado miles de hectáreas convertidas en cenizas, en polvo, pero te taparías la cara y tus pulmones seguirían respirando aire sin llamas.

Prefiero en cambio, invitarte a ver una selva tropical, lo pletórico de sus colores, tonalidades. La abundancia de vegetación alimentada por el rocío que ella misma genera. Contemplar lo caudaloso de sus ríos, lo blando de sus lechos, el canto de su viaje. Eleva tu vista y observa las aves, allá lejos, en las copas de los árboles que parecen no tener fin. La luz que se cuela entre las ramas y te hace entrecerrar los ojos por lo deslumbrante que es su reflejo. El aullar de un mono, tu pariente cercano y rechazado, el silbido de algo o alguien que no puedes distinguir pues has adormecido tus sentidos, los más básicos. Déjate acariciar por las hojas que apartas de un camino que si lo sigues te llevará a ti. Permanece atento al lenguaje de natura, sus códigos tan ajenos a los nuestros porque hemos creado otros para distanciarnos de ella. Siente el aire húmedo que te hace sudar y sentirte vivo. Agradece tus pasos oliendo a tierra, tu recorrido por un lugar que no es tu casa pero es tu hogar y lo olvidaste.

De pronto llueve, y esa agua te refresca y abres la boca porque sabes que es pura, como lo fueron tus palabras antes de enfrentarse a otras para pelear. Estás ahí y no eres nadie y sin embargo, tienes mucho poder sobre todos estos seres.

Una mariposa color de cielo limpio se posa en un tronco cercano. Su aleteo te recuerda el palpitar de un corazón emocionado, es de una belleza efímera, como nos hemos esmerado en convertirlo todo: pasajero, desechable. Pero hay cosas que permanecen, más que los datos, que los argumentos, las imágenes impresas. Vivencias que se sienten en la piel, en el alma si es que existe. Y si tu pudieras ver una selva y saberte su guardián, su beneficiario, tal vez no tendrías que ignorar las noticias o mostrarte indiferente, porque la naturaleza no es algo que sucede lejos, tras las fronteras, al salir de viaje. Está aquí, dentro, en una memoria muy antigua que hemos sepultado para vivir en el concreto, para ser tecnológicos y civilizados aunque no sepamos lo que eso signifique.

Ese verde que hoy se abrasa nosotros lo teñimos de rojo, por la gula de lo que comemos, por el placer de masticar a quienes matamos, y lo llamamos nutrición cuando en realidad nos seca, nos fragmenta, nos vacía.

La naturaleza tan poderosa y omnipresente se nos cuela en la hierba nacida en una grieta, en una flor de asfalto, en un gorrión que muchos consideran común. Es ante ella que sabemos lo que nos conmueve y lo que amamos. Y cuando la observas con detenimiento, ella te mira y te envuelve en un susurro para que recuerdes lo que eres y te pide que vivas ligero, sin dejar huellas muy profundas, sino pasos como esos que alguna vez diste en tu selva de ensueño.

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