¿Amor hacia los animales?

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Se dice que febrero es el mes del amor. A través de regalos, palabras, golosinas, acciones, demostramos lo mucho que queremos a familiares, amigos y pareja. No voy a discutir aquí si es una estrategia comercial para incitarnos al consumo o un día simbólico para recordar y recordarle al prójimo lo fundamental que es el Amor en nuestras vidas, sólo quisiera que ampliáramos más nuestra definición de ese sentimiento e intentáramos incluir a otras especies.

Infinidad de veces me he topado con personas que aseveran amar a los animales y al conversar con ellas resulta que o bien aman a los animales con los que conviven, o a una especie en particular, o confunden el amor con el mero gusto. No podemos decirnos “amantes de los animales” y comerlos, vestirnos con su piel y asistir a espectáculos que los usen.

Los animales pueden gustarnos, maravillarnos, asombrarnos, pero eso no necesariamente implica que los amemos. Es más, nuestro “amor” les tiene muy sin cuidado. Lo que ellos necesitan de nosotros es respeto.

El amor surge de la convivencia, de conocer al otro, de relacionarnos con él. Como activista pro derechos animales, no diría que los amo. Puedo sentir eso por mis gatos, pero dudo hacerlo por una anaconda, un ratón o un oso polar. Sin embargo, respeto su otredad, su derecho a estar en este Planeta tanto como yo, su vida como fin en sí mismo, y ese sentimiento me lleva a no dañarlos, no considerarlos objetos ni mercancías, a intentar que se conserve su hábitat; y por ese respeto que estoy convencida se merecen, intento convencer a otros de que es necesario reducir el sufrimiento que les causamos.

Si pensamos en el Amor como un motor, entonces sí podríamos decir que no hay diferencia entre el que siento hacia mí, mis amigos, familiares, pareja y el que sería ideal sentir por la Tierra y sus demás habitantes. Pero esto ya son palabras mayores. Estamos aquí planteando la idea budista de la no-división, de que todos somos uno. Creo que el mal trato que se da a los animales no humanos es un reflejo del poco Amor que nos tenemos a nosotros mismos y a lo que en pequeña escala nos rodea. Esa ceguera ante su sufrimiento es una extensión de lo mucho que no vemos o nos negamos a ver de nuestro interior.

Atacamos aquello a lo que tememos por desconocido, pero tampoco nos damos la oportunidad de conocer. Si supiéramos cuán amorosas son las madres animales con sus crías, pensaríamos dos veces en separar a una gallina de sus polluelos o a una vaca de su ternero. Si viéramos el amor con el que las elefantas cuidan a los más pequeños de una manada, lo importante que es el juego entre los grandes felinos, los primates no humanos, los pericos. Cuán complejas pueden ser las sociedades animales y cómo se ven alteradas con la captura o muerte de uno de sus miembros.

No nos atrevemos a reconocer que lo que los animales sienten -intra e interespecie- hacia otros, es muy similar a lo que como humanos calificaríamos como amor; preferimos calificarlo como “instinto” para así crear una distancia entre ellos y nosotros, y sentirnos menos culpables al romper sus vínculos emocionales por fines lucrativos.

Si creemos que no debería haber un único mes o día para dar amor a nuestros allegados, tampoco debería haberlo para mostrar respeto hacia nuestro prójimo, quien es todo aquel que puede ser dañado o beneficiado por nuestras acciones, independientemente de su especie.

palomaymico

 

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