La pequeña diferencia entre la vida y la muerte

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Cuando dices que eres activista por los derechos de los animales, la gente piensa que es una tarea titánica: que hay que desnudarse en pleno invierno, que debes pasar hambre, incomodidad metido en una jaula, que tu vida social se ve mermada, que pasar horas frente a un computador. Puede ser, para quienes lo hacemos de tiempo completo el compromiso es total, pero cada uno de nosotros puede ser un activista a “pequeña escala”.

En la causa animalista, casi todo suma y mientras más acciones se lleven a cabo, mejor.

Es sorprendente cómo un animal en situación de peligro pasa desapercibido por la mayoría de los ciudadanos, hasta que alguien lo hace notar.

En una estación de metro de la Ciudad de México descubrí por casualidad a un gato inmóvil. Parecía dormido y cuando me acerqué más bien creí que estaba atorado. Maulló lastimosamente.

Llamé a una activista que vive cerca de esa estación y le pedí apoyo con una caja y unos trapos. Mientras la esperaba, una pareja joven se acercó y me preguntó si era mío. !Vaya pregunta!, como si uno sacara a pasear a su gato a una estación de metro… Sin embargo, aprecié su interés por el animal, queriendo saber si estaba bien o qué sucedía.
Más tarde llegó un señor que dijo : “!Es de verdad! Pensé que era de esos gatos de peluche que venden”.

Una pareja de chicas dedicadas al comercio ambulante se iba a colocar justo al lado del gato y les pedí que esperaran a que lo rescatáramos para no asustarlo. Accedieron de buena gana y parecían tristes de ver al animal en esas condiciones.

Lo que más me llama la atención es cómo en un mismo escenario pueden convivir tipos de personas tan distintos: los que desde su ignorancia dedican un instante a la mirada del otro, y los que a pesar de ésta se niegan a ver la realidad.
Cuando mi amiga pidió permiso al vigilante para pasar a rescatar al gato sin pagar boleto, él le dijo que no, que en la estación no había gatos porque no estaba permitida su entrada y que no podía pasar sin pagar.

Ella realizó la captura del gato y salimos de la estación. Las chicas nos desearon suerte. El vigilante nos llamó ociosas. Al decirle que sí había un gato y que ya lo teníamos, simplemente dijo “pónganse a trabajar”, a lo que la otra activista respondió: “Este es nuestro trabajo”. ¿Acaso la gente cree que uno rescata animales por placer?, ¿que nos ponemos de acuerdo para salir a buscar animales en aprietos para pasar la tarde?

El gato se está recuperando, esperemos que sobreviva al trauma del abandono. Es un gato doméstico y dócil que creemos fue lanzado al metro como quien tira una basura en un cesto. Ahora habrá que encontrarle un hogar. Eso es más difícil aún que rescatarlo.

Al regresar a la estación para tomar el transporte público, el vigilante me miró con sorna, y en el andén, las vendedoras ambulantes me preguntaron por el gato.
“Ahora está en observación”, les dije, “Luego habrá que encontrarle un hogar”.
A lo que una de ellas respondió: “!Qué mala es la gente! Cómo pueden tirar a un animal. ¿No se dan cuenta que también sienten?”

Y esa fue la otra recompensa del día. Haber logrado atrapar al gato es una pequeña acción que salva al menos esa vida, pero la conciencia compartida de que los animales sienten es un avance social, emocional y cultural que salva muchas más vidas.

El no ser indiferente, el mirar y ayudar a un prójimo en apuros hace una enorme diferencia no sólo para ese individuo, sino para quienes presencian la acción. Porque el mensaje es que los animales importan, y si dos personas pudieron hacer algo, ¿por qué no también yo, lector, soy capaz de hacer la diferencia entre la vida y la muerte?

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