Tocados por la fortuna

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Cuando uno tiene la sensibilidad medianamente desarrollada, le es más fácil toparse continuamente con  casos “desagradables”. Cuántas veces no nos ha pasado que el día que salimos de la ciudad, pareciera que todos los perros atropellados yacen a la orilla del camino, o que justo cuando damos la vuelta, vemos un camión transportando animales al matadero. Y si queremos ver el cielo, nuestra mirada se desvía a un balcón vecino y descubrimos una jaula llena de pájaros.

O pareciera que somos los únicos que escuchamos aullar al perro encerrado en la azotea, o los que al querer distraernos mirando televisión vemos una escena de caza o la transmisión de las corridas de toros.
A veces nos preguntamos “¿por qué me pasa esto a mí? Yo ya no tengo que ver esto una y otra vez”. Eventos de este tipo – o peores- suceden todo el tiempo, y no sólo relacionados con los animales no humanos, sino con miembros de nuestra propia especie.

Quienes hemos decidido ver el sufrimiento ajeno no hacemos distinciones entre especies. No es, como suelen decirnos, que nos preocupe más el dolor animal, sino que hemos decidido ocuparnos de ese dolor en particular porque no es posible paliarlos todos. Finalmente, cada quien decide dónde puede ser más efectivo. Un anciano pidiendo limosna a altas horas de la noche, puede ser tan conmovedor como un oso en una jaula, o un horfanato puede resultarnos tan dramático como una perrera. A quienes no les conmueve el dolor de los animales estos paralelismos les resultan ofensivos, para mí es más ofensivo que quienes critican no puedan ver las coincidencias.

El que veamos una y otra vez cosas relacionadas con los animales es simplemente por que es ahí donde tenemos puesta nuestra atención y por eso resaltan. Quienes van por la vida indiferentes al sufrimiento ajeno, no ven ni las jaulas, ni los limosneros, ni nada.

Pero tampoco ven lo bello, porque la sensibilidad es una capacidad en ambos sentidos, no sólo se inclina hacia lo doloroso, sino que también nos permite gozar de la armonía con mayor profundidad. Quizá esas imágenes con las que nos topamos una y otra vez sean un recordatorio de que debemos continuar con nuestro trabajo, pero también son la oportunidad de sentirnos agradecidos por poder contactar profundamente con aquello que nos rodea. En vez de pensar que es un destino aciago, debemos sentirnos tocados por la fortuna. Y los dones conllevan una gran responsabilidad.

Como activistas por los derechos de los animales tenemos una doble labor: poner nuestra mirada ahí donde otros no quieren -o no pueden- y no olvidar que si decidimos mirar el dolor, es porque sabemos apreciar la belleza, la justicia, la libertad, y queremos que otros sean capaces de reconocerla, más allá de los límites de la especie.

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