Cuando el diluvio nos alcance

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Llevamos semanas escuchando sobre las víctimas humanas de las inundaciones en Tabasco, México. Terrible situación, sin duda. Miles de familias han perdido viviendas, posesiones, seres queridos. La sensación de que “el agua se lo llevó todo” y no va a devolverlo. Una vez más, la población mexicana se ha solidarizado con los compatriotas y envía víveres, cobertores, ropa, etc. Sin embargo, de las víctimas no humanas de esta catástrofe no se ha dicho nada, al menos no en términos de lamentarse por sus vidas, sino sólo en tanto problema sanitario a resolver.

Son dos mil los cadáveres de animales contados hasta ahora, que flotan por las calles de la ciudad todavía inundada. Estos cadáveres se lanzarán a una fosa común -como quien dice un basurero- para evitar enfermedades contagiosas.

El gobierno no ha implementado un sólo centro de acopio para las víctimas no humanas. De no ser por las organizaciones defensoras de los animales, los sobrevivientes no tendrían ninguna esperanza de subsistir en una localidad sin agua potable ni comida. Los contenedores oficiales que transportan los donativos en especie han decidido repartirlos primero a los humanos y luego a los animales, cuando en el mismo camión podría haber un pequeño espacio para croquetas, medicamentos veterinarios, etc.

Y cuando hablamos de damnificados no humanos no estamos pensando sólo en los animales de compañía, que muchas familias están tratando de salvar, sino de los miles de animales que quedaron atrapados en sus jaulas sin tener siquiera la opción de salvarse. Animales en zoológicos, granjas industriales, ranchos, refugios. Cautivos y sin alternativa, presenciando la muerte de sus congéneres, ahogándose lentamente en sus prisiones.

La historia de siempre: el antropocentrismo. En momentos de catástrofes no deberíamos hacer distinción. Las víctimas cuentan por igual independientemente de su especie. Nuevamente agradezco a los defensores de los animales su labor independiente y organizada para llenar los vacíos del gobierno, para abrir los ojos de una sociedad adormecida donde si el dolor de los humanos no es importante, el de los animales, es inexistente.

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