Yo, árbol

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Si los infantes vienen de París transportados por una cigüeña, a mí me trajo un gorrión a la colonia del Valle. Crecí como Dios me dio a entender hasta que alguien descubrió que era demasiado grande para estar en un recipiente. Entonces me pusieron en la tierra firme y agradezco a quien vio mi potencial para convertirme en lo que soy, o fui, o siempre he sido.

De pequeño, delimitaron un círculo en torno a mi y así estuve a salvo de cuadrúpedos curiosos, esféricos violentos o niños atolondrados que podían jalonearme como a las mangas de su suéter. Las lluvias me hicieron crecer y la cerca me quedó pequeña también. Entonces parecía que había encontrado mi lugar en el mundo y me acostumbré a esa calle, a los autos que reposaban bajo mi sombra, a los novios cuyos besos atestigüé sin quererlo.

Algunos pasaban de largo sin ver mi follaje, otros llevaban la vista al cielo cuando les soltaba coquetamente una hoja seca. Los pájaros se adueñaron de mi esqueleto y lo habitaron con algarabía. Sus alas me hacían cosquillas y sus trinos me traían noticias de mundos lejanos.

Yo no podía desplazarme. Sin embargo, crecía hacia arriba y hacia abajo sin que alguien pudiera detenerme. Cada vez más firme, cada vez más dentro. Conocía espacios que otras criaturas no compartían, me humectaba en aguas misteriosas para ustedes, traspasaba una a una las terregosas y sólidas capas de la superficie, y ahí abajo coincidía con otras raíces, enroscándonos nos conectábamos con la milenaria historia de los árboles, legendarios pobladores que han sido desplazados de sus hogares por las competitivas -en altura pero no en belleza- torres de cemento donde hacen sus nidos los humanos.

Mi gran tamaño me permitía estar por encima de la limitada visión de los bípedos que recorrían la calle donde yo me encontraba. Sentía el cruce de los vientos y el rocío antes de que tocara los pétalos de las flores de la terraza de enfrente. Las ardillas masajeaban mis jóvenes ramas estimulándolas para intentar alcanzar los balcones que se abrían ante mi, invitándome a entrar.

Esa era mi vida y me gustaba, para muchos tal vez era una presencia inútil, un estorbo. Así debió ser para los hombres que llegaron una mañana armados con sogas. Al principio pensé que venían a hacer un columpio, así sucedía con otros de mi especie a quienes les gustaba mecer a los niños. Pronto supe que su propósito era ocupar mi espacio con otra cosa. Si yo estaba aquí primero, ¿por qué iban a echarme? Me parecía una falta de respeto. ¿acaso no me veían?

Los árboles estamos acostumbrados a esa escasa sensibilidad de algunos humanos, por eso nos consideramos distintos a ellos y no nos molestamos en comprenderlos, es imposible: destruyen su propio hogar y el de otros animales, disfrutan el gris más que los colores y valoran el papel más que el aire que respiran.

Aun así, nosotros cumplimos una función muy importante, no sólo en el ecosistema, sino en su limitada conciencia, sólo algunos pueden percibirlo y ellos son nuestros aliados desde hace mucho, mucho tiempo. Uno de ellos estuvo ahí ese día, tratando de impedir que cambiara mi forma, pero es poco lo que se puede hacer con un par de manos y un corazón expuesto entre ellas. Lo último que pude sentir antes de que iniciara mi caída fue una palmada en mi tronco, una especie de roce que interpreté como una disculpa, un “lo siento”, y sé que lo sentía porque estaba conectada a nosotros por un lenguaje más antiguo, en una época donde convivir entre especies era fundamental para sobrevivir. Hoy predomina la imposición y unos tienen que resignarse a ser despojados de su espacio, de su forma.

Ustedes ya no pueden verme como el árbol que conocían porque su saber es estrecho y sólo reconocen lo que sus ojos guardaron alguna vez. Pero yo sigo ahí, en mi esquina, en mi calle, con mis pájaros y mis ardillas. Tengo simplemente otra energía, una más sutil e imperceptible para ustedes. Pero quien me puso aquí, no deja de levantar la vista al cielo cuando pasa frente al ventanal que exhibe escritorios, lámparas y sillas, y puede, todavía, sentir mi sombra, y el ligero crujir de una hoja seca bajo sus pies ligeros.

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