La oruga que quería cruzar el camino

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Hay quienes piensan que los pequeños gestos se pierden en el mar de acciones consideradas relevantes. Vivimos sumergidos en el individualismo, y el ritmo acelerado de las grandes ciudades nos lleva a dejar de ver lo pequeño, lo simple, lo aparentemente indiferente.

Cruzaba la calle cuando descubrí que algo color anaranjado se desplazaba por el pavimiento. En una línea muy recta avanzaba, no lentamente pero sí a su propio paso, una oruga, con la firme intención de llegar al otro lado. En ese momento la luz del semáforo cambió a verde y los autos comenzaron a avanzar hacia donde ella estaba.

Al principio me voltee para no ser testigo de su muerte que seguro llegaría tarde o temprano. Luego pensé que eso es justo lo que hacen quienes no quieren ver el sufrimiento de otros animales: literalmente llevan su mirada hacia otra parte como si al no atestiguar la crueldad con que los tratamos, eso dejara de suceder. Entonces miré al el suelo y ahí seguía ella, avanzando hacia la acera; había logrado quedar en medio de los autos pero si seguía moviéndose, una llanta la aplastaría, sería el próximo auto, o el siguiente…

Entonces corrí hacia la calle y detuve el tránsito. Las bocinas comenzaron a sonar, intenté impulsar a la oruga hacia mi mano para que se subiera pero se resistió y se hizo un ovillo. Miré con grandes ojos a la mujer que conducía el auto plateado y le hice la seña de que esperara un poco. Corrí a la esquina donde por primera vez agradecí que hubiera un vaso desechable junto a un seto y regresé con la oruga quien decidida, había avanzado varios centímetros. Con mi llave la impulsé al interior del recipiente y caminé hacia una jardinera. Entonces escuché que un automovilista me gritaba “¡estúpida!”, al mismo tiempo que la mujer que se había detenido me preguntaba qué era lo que yo recogí. Al responderle con naturalidad, abrió más la boca y llevó los ojos al cielo como tratando de comprender si todo ese desplante de energía había valido la pena para salvar tan sólo una oruga.

Deposité al lepidóptero en un pequeño espacio con pasto al pie de un árbol y una vez me cercioré de que recuperaba su forma original y se acomodaba entre la hierba, me alejé.

No sé si esa oruga llegue a convertirse en mariposa y un día me la tope revoloteando. Da igual porque seguramente no la reconocería. Nuestro encuentro fue fortuito y único. El cruce de dos vidas que cruzaban la calle, cada una con su rumbo propio, a su propio paso. Como todo el tiempo sucede cuando somos peatones. Sin embargo, la diferencia aqui es que ese otro dependía de un pequeñísimo gesto para alcanzar su objetivo, o al menos para seguir viviendo y a mi no me costaba nada mostrarle atención y respeto. Mi indiferencia en cambio, habría sido su muerte.

Este texto quiere ser únicamente una invitación a estar más atentos, a ser más atentos, porque a la vuelta de la esquina nos podemos topar con alguien, que cambie, para siempre nuestro destino.

El de los animales está muchas veces en nuestras manos, brindemos una mano amiga en un mundo donde ellos tienen ya, bastantes enemigos.

oruga

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